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23_11_15_pag_09-1440-b915b7La frase pudo confirmar mis prematuros perjuicios. Pero con solo hilvanar un poco más allá de esas simples palabras, estos quedaron convertidos en nada.

“Estoy petroleando en Llau Llao, llego altiro”, se escuchó a través del teléfono. Me apresuro para la entrevista pensando en cómo sería esta conductora de camiones, la única con rutas exclusivas y periódicas en la Isla, considerando este primer alcance, frío, duro, como camionero. Sin embargo, en el segundo encuentro, ya en persona, la imagen que me había creado y que la gran mayoría tiene de las féminas que ejercen este oficio se diluye de un zarpazo.

En una mole de 40 toneladas llega hasta la planta Salmofood, en el sector Piruquina de Castro, Heidi Stange Jara. La joven de 37 años baja de la cabina del camión Scania que hace un par de meses conduce y su silueta menuda se deja entrever. No solo el entrevistador debe enfocar la vista al quedar sepultada la creencia de una furibunda amante del volante, sino que sus propios colegas asestan profundos vistazos para escanearla.

La morena de afable mirada y sonrisa contagiosa se presenta. No se complica con los primeros flashes; es más, el propio fotógrafo no duda en destacar su capacidad fotogénica. En pocos segundos comienza a erigirse como la reina de las rutas insulares.

Esta madre de dos niños de 15 y 8 años abrazó la conducción de vehículos de carga casi por anécdota. Hace un lustro y de improviso tuvo que emerger su vocación oculta. Y no defraudó.

“Un día viajando a Santiago llevaba mi vehículo en el camión de un tío. El chofer iba con sueño, así que tuve que manejar hasta la capital. Fue la primera vez y sin saber nada, pero de inmediato dije que esto es lo mío”, explica la joven, eso sí, reconociendo que su padre es camionero y que lo acompañó en innumerables ocasiones en sus entregas.

Al comienzo, esta hija de chilota -su madre nació en Caulín- empezó a realizar reemplazos que la llevaron al centro del país. Todavía la Isla no aparecía dentro de su mapa rutero, pero un golpe en su vida la acercó a la zona. Se separó y para poder permanecer más tiempo con sus retoños, debió alejarse de los tramos extensos. Centró su trabajo en la capital regional y en la provincia.

EXIGENCIA

Por un año estuvo a cargo de un camión con pluma. Una labor exigente, pero debía “aperrar” por sus hijos. “Llegaba todos los días cochina, engrasada, porque tenía que hacer toda la pega, aparte de manejar tú debes guiar tu pluma, cargar, descargas, amarras y todo. Así que dije no estoy ganando mucho y el desgaste es demasiado”, aclara.

En ese instante ingresó al transporte salmonero y fijó su destino en el Archipiélago. Los turnos de día y noche no la amedrentaron. “Conseguí una nana y por dos años estuvo realizando este trabajo”, indica, enfatizando que se sucedieron los viajes a Quellón, Chonchi, Castro, Dalcahue y otras localidades.

De esta forma, su experiencia aumentó, como también sus contactos con otros conductores. Se empezó a empapar de este ambiente. Un verdadero mundo aparte engloba a los camioneros y Heidi, con su simpatía, pero también con sus mañas, comenzó a formar parte de este ambiente.

No duda en señalar que sus compañeros en la provincia “me tratan muy bien”. Es más, señala que los problemas han llegado con algunos sobresaltos de los lugares de destino, pero ahí aparecen sus colegas. “En las plantas me han faltado el respeto, pero ahí aparecen ellos para defenderme como gatos”, confiesa.

Esa misma cercanía le permite a esta mujer derribar los mitos que existen en este oficio. “Hay muchos estigmas, dicen camionero y se imaginan a una persona vulgar, pero no son así, hasta yo a veces tiro más improperios. Se cuidan de lo que dicen cuando estoy, lo que hacen cuando no estoy es otra cosa”, comenta.

Este acercamiento con los chilotes y otros conductores se convirtió en el punto de partida para forjar su pericia en esta zona. Aunque todavía asegura que está aprendiendo este “arte de la conduccción”, su esmero, tranquilidad y amabilidad, la une a su fortaleza y disciplina para tener clarito el mapa chilote.

En un rápido pimponeo reconoce dos picadas: Donde Pepe, ubicada en Piruquina, y Entre Puentes, en la cuesta Mechaico. También advierte los puntos complejos de la ruta, como Puntra, Butalcura, pero se concentra en uno: la Cuesta El Venado. “Es una vía y con el clima es complejo. Además, muchas personas subestiman esta cuesta y andan a lo que da el pie. Tienen que ser un poco más precavidos”, añade.

SIN DESCONOCIDOS

Asimismo, Heidi recalca que a bordo de “La Pantera Rosa”, como llama al camión que maneja, no sube a ningún desconocido. Por eso, los mochileros que inundan Chiloé en cada verano no tienen ninguna posibilidad con ella. “No me gusta que me ensucien, me desordenen, soy chacotera, pero no me gusta que me hablen mucho… son mañas, pero también es un tema de seguridad”, manifiesta.

Y en ese instante toca un tema central. La seguridad, protección. Más allá que reconoce que la sensación de libertad es increíble al momento de guiar un peso pesado, sabe que no por el hecho de conducir un camión está exenta de los peligros. Y su experiencia personal deja claras huellas y que es necesario la precaución.

Como los momentos más complejos que le ha tocado vivir, Heidi Stange detalla accidentes, como presenciar la muerte de un niño, ataques contra colegas y familiares, y ver su vida pasar por sus ojos.

“Tuve un volcamiento en Compu, en diciembre pasado, cuando hacían la ruta. La pista la habían hecho recién y no la habían compactado, pasé con el choco lo más bien, pasa la rampa y se hundió el camión”, relata la joven, indicando que afortunadamente no sufrió ningún rasguño.

A su vez, recuerda la ocasión en que transitando por las cercanías de Lautaro “me entero de un atentado. Iba atenta y estaban quemando el camión y al colega le estaban disparando cuando pasé. Dije ‘Dios mío’. El chofer tuvo como un 80 por ciento del cuerpo quemado”.

Ha palpitado en carne propia el conflicto que existe en la zona de La Araucanía y también sus parientes han lidiado con la delincuencia. Asegura que se le han cruzado antisociales, pero de inmediato aclara que “no me ha mermado el pie” para seguir avanzado. Incluso, su padre sufrió una experiencia límite.

SECUESTRO

“A mi papá lo secuestraron en Santiago. Al salir de una bodega se le atraviesa una camioneta con tipos con metralletas. Lo ponen en un saco y se lo llevan… anduvo un día y medio, el camión apareció a los dos días, pero el carro nunca”, confiesa aún con el temor que su familia sintió con ese episodio.

Cada día en la ruta hay una vivencia nueva. Las hay placenteras y también complejas. Pero a Heidi le gusta sentir esta “renovación” que le significa ser camionera. “Cada jornada es distinta, eso es lo atractivo, está esa libertad, nunca se repiten las cosas, pese a seguir a veces las mismas rutas”, señala.

Estas sensaciones funcionan como un verdadero imán para esta joven. Sabe que son pocas las que recorren Chiloé, siendo ella la única que transita cada día por estas rutas insulares, por ello invita a otras mujeres a atreverse. Busca desechar de plano que un camión solo sea gobernado por hombres.

“Le digo a todas que la pega no es como se la imaginan, no es que sea una pega de hombre y que una se convierta en hombre; al contrario, a una la protegen y yo sigo siendo mujer, femenina. Sí, es difícil encontrar trabajo, por ser mujer se cierran las puertas. A veces nos estigmatizan, pero hacemos la pega igual o mejor que un hombre porque somos más cuidadosas, minuciosas. Son atributos importantes y no solo en esta pega”, finaliza a modo de consigna la reina de las rutas isleñas.

Fuente: Diario La Estrella Chiloé

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